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viernes, 1 de abril de 2011

IRENE: MUJERES DE MADRID

Irene se detiene en el escaparate de Loewe, sus ojos se abren más de lo normal, por el increíble bolso que está viendo.


Tiene que ser cómodo piensa y sus colores van con todo, es tan bonito que no se resiste y entra.


Da vueltas por el paraíso, aquello es maravilloso. Abstraída de todo, desconectada del mundo, Irene experimenta un placer casi parecido al sexo.


La dependienta la visualiza, como un coyote hambriento, va hacia ella su presa, directamente le muerde el cuello para que no escape finalizando su captura, con la intención de que compre algún complemento de más de quinientos euros.
Irene se siente acorralada, no quiero comprar nada, solo estoy mirando.
Avergonzada por no poder permitirse tales lujos, mira a los ojos del coyote que empieza a enseñar sus dientes, le sonríe, con miedo, para que así la deje en paz. La señorita dependienta se resigna y la deja por imposible, sabe que no se llevará nada y le deja mirar.
Muy cortésmente se da media vuelta y se dirige a su próxima presa.


Irene está entusiasmada puede probarse lo que quiera, tocarlo, verlo de cerca pero no puede comprar nada, su sueldo de mil-eurista, pelao y mondao, no se lo permite.


A lo lejos ve el maravilloso bolso que la deslumbró en el escaparate, de espaldas un hombre con su hijo, lo miran con intención de comprarlo.


Ella siente una envidia que la corroe por dentro, le gustaría ser la mujer dueña de esa joya.


Se acerca poco a poco, ella también quiere el bolso, tenerlo en sus manos en su hombro un ratito, olerlo, verlo de cerca, encontrarle algún defecto para poder desengañarse y así no quererlo.
Al tiempo que se acerca el hombre y su hijo se dan la vuelta con el bolso en la mano.


Ya  no le importa lo más mínimo esa porquería de bolso, lo que sí la importa ahora es, quien lo lleva y para quien. Y peor aún quien le acompaña.


Irene mira de reojo al chico, está buenísimo tiene que reconocerlo, se parece a su padre. Pero es un cabrón de aquí te espero. Su sonrisa le delata.
No sabe el muy idiota que también me tiro a su padre y que además es mi jefe. (Bueno eso último si lo sabe).


Ramón la ve, le pasa el bolso a su hijo y se acerca a ella.


- Irene!! Cómo estás??
- Bien. Aquí viendo de todo un poco.
Irene no sabe que decir.
- Alfredo!! - Ramón llama a su hijo.
- Quiero presentarte a mi hijo.


Alfredo se acerca casi corriendo, todavía con la sonrisa en la boca.
- Hola. Ya nos conocemos padre.
Dice el muy desgraciado, haciendo que a Irene se le venga el vómito a la garganta y las ganas irrefrenables de salir por patas, lo antes posible.


- Ah!! Y eso. - Dijo algo sorprendido.
- La vi en la redacción el otro día cuando fui a buscarte para comer con mamá.
- Ya me acuerdo. Bueno hemos de irnos, te veré en la redacción.


- Alfredo, esperame en el coche enseguida salgo. Voy a pagar.


Irene se quedó delante del chico, saltan chispas y él lo sabe. Ella quiere largarse, también quedarse y comérselo entero. El la mira desafiante.


De pronto se acerca muy lentamente a ella, le susurra algo al oído, saca la lengua y con la punta le roza suavemente el lóbulo de la oreja.
Irene siente que se la mojan las bragas.
Alfredo sale corriendo hasta el coche, sin que su padre le viera.
Ramón termina de pagar se da la vuelta disimuladamente tan rápido como puede, le hace la señal de que la llamará. Ella asiente confundida casi en estado de chok.


Una vez sola en la tienda, Irene saca todo el aire que tiene acumulado en los pulmones, de no respirar, pensando que se está metiendo en un berenjenal del que no sabe como escapar.

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