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domingo, 7 de noviembre de 2010

IRENE: MUJERES DE MADRID



Irene, se subía sus botas negras hasta la rodilla, algo con lo que se veía muy sexy.
Terminó poniéndose su gabardina roja con el cinturón tan apretado que le cortaba la respiración, pero se le marcaba su cinturita de avispa.


Cogió las llaves del coche, el bolso y salió por la puerta, dispuesta a conseguir el aprobado del artículo que había terminado, por su exigente jefa Olga.


Tenia buena pinta, le costó más de lo que ella esperaba, pues el enfoque dado era arriesgado, no todos los que leyeran esas palabras, sabrían entender el mensaje que ella, entre lineas quería ofrecer.
Pero aún así estaba satisfecha.




Irene entró en la redacción, algo no iba bien. Todos con los ojos puestos en sus ordenadores, sentaditos como niños buenos, haciendo que trabajan. Uf!! que raro, con el cachondeo que tenemos siempre. Esto no huele nada bien.


Llego a su mesa, se quito la gabardina y dejó al descubierto su vestido negro que la sentaba como un guante, el que combinaba con un cinturón dorado.
Se le acercó a urtadillas Marisa.


- Hola Irene. -Le habló tan bajo que tuvo que intuir el hola.
- ¿Qué pasa porqué hablas en voz baja? -Irene la imitó.
- El jefazo anda por ahí.
- Ah!! viene a conocerme soy la única que no le ha visto y llevo aquí trabajando casi cuatro meses.
- Si claro, te crees el ombligo del mundo, yo tampoco le conozco y llevo más tiempo que tu. 
Esta mañana se rumoreaba que van a cortar cabezas. Vamos que a la puta calle!! más de uno.
- Joder!! Que putada acabo de entrar seguro que soy la primer.
- Tu y muchos más, por lo visto, fusionan la revista con otra editorial y la gente sobra.


Irene pasó de la euforia por el artículo a la angustia de quedarse sin trabajo.




De pronto le vino el agradable recuerdo del hombre que conoció en el bar. Con el que quedó esa misma noche y disfrutó de lo lindo.
Pensaba como la trató. Primero llevándola al sitio más romántico que había visto en su vida.
La tenue luz, teñía la estancia, abarrotada de mesas de madera, salpicadas, cada una de ellas, en sitios estratégicos, ideal para no ser molestados.


Ese hombre le hizo sentir especial, sus ojos negros, se clavaban en sus labios, dispuestos a ser besados.


Irene volvió a la realidad y se asustó. Quizás se estuviera enamorando.
Quita, Quita!! No puede ser, soy un chica libre y así quiero seguir.
Pero sentía mariposillas revoloteando en su estómago.
Mierda!! No puedo quitármelo de la cabeza. Tampoco se mucho de él. Pero Irene quería seguir conociendo a ese hombre que la hizo estremecer.
Miró hacía la puerta, cuatro hombres trajeados se acercaban por el pasillo. Uno de ellos lideraba el grupo.
Marisa le hizo un gesto y le indicó quien era el jefazo.


Ella le miró, ese hombre guapo, alto y moreno, con lo ojos más negros que el tizón, con el que había pasado una noche de escándalo, se acercaba por la redacción, gesticulando, haciéndoles gestos a los otros tres.
Entonces las mariposillas se le vinieron a la boca, Irene estuvo a punto de vomitar encima de la mesa.

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